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Boletín de Capellanía
de la Mutualista Hospital Evangélico
Montevideo - Uruguay / Editado por Capellanía
Enero de 2008 - Nº 123
“Gozaos
con los que se gozan, llorad con los que lloran”
Romanos 12:15
¿
Ansias de Paz?
Pablo estaba muerto. Mi hijo, tan
querido de 21 años de edad había sido muerto en un intento
de robo de coche. La bala que traspasó su corazón, destruyó
mi mundo de paz.
Su vida fue sacada sin sentido, y ahora la
mía no tenía sentido. Eduqué a Pablo como madre soltera y
éramos muy protectores el uno del otro. Él estaba en su
último año de universidad, planeando casarse con una mujer
maravillosa, y yo pasaría a vivir en otra dimensión. Ya no
tendría que enviar cada mes el dinero para ayudar a pagar
los gastos del estudio. La noche anterior habíamos estado
"chateando" sobre lo que estaría haciendo con el dinero que
ya no tendría que gastar después de su graduación.
No hay palabras para expresar la furia que
sentía hacia el muchacho de 17 años, quien le pidió un
tiraje y después lo mató a sangre fría. Tantas veces en mi
vida yo había deseado ser más alta que los 1,56 m, porque
sentía que el poder venía con la altura. Allí estaba sentado
en el juzgado de Austin mirando a este hombre joven, que
medía más que 1,80 m. Si la mirada pudiera matar, ese
hubiera sido su último momento, porque de mi no brotaba
nada, sino odio.
Charles White recibió una sentencia de 40
años de cárcel y yo nuevamente estaba furiosa. Pablo estaba
muerto, y a este criminal inútil y endurecido se le estaba
permitiendo vivir. Mis impuestos le darían de comer,
pagarían sus guardias, y lo vestirían. Pablo estaba muerto.
Eso era todo lo que podía pensar. No me producía nada de
paz, saber que el homicida podría recibir una libertad
anticipada después de solo 13 años. Pablo nunca más estaría
vivo, ni después de trece, ni veintitrés, ni treinta y tres
años.
Cada tres meses enviaba una carta al juez, volcándole mi
angustia y dolor desde lo más profundo de mi corazón.
¡Cuánto yo deseaba que alguien leyera esas palabras y
conociera el continuo e inmenso dolor que resulta del
homicidio de un ser querido. Dos veces al año hacía un viaje
a Austin para hablar con los encargados de la prisión y
recibir un informe de la conducta de Charles. Estaba
eufórica cuando tuvo problemas y perdió tiempo. Eso me
demostraba que era realmente un hombre malvado.
Los años pasaron, trece para ser exacto, y no tenía paz.
Continuaba con mis cartas y mis visitas personales de
protesta, viviendo para odiar al homicida de mi querido hijo
Pablo. Un día, cuando abrí la correspondencia en mi oficina,
recibí una carta del juzgado, informándome que el homicida
de mi hijo estaba en consideración para recibir libertad
anticipada. Me enfermé físicamente y tenía que salir de la
oficina. Mis compañeros de trabajo no sabían que había
sucedido, pero se daban cuenta que tenía que ser algo
drástico. ¿Cómo ellos podían aun pensar en darle la
libertad? Pablo estaba aun muerto, y yo me sentía superada
con impotencia. A través de los años se me había dicho que
no le darían la libertad, pero después de leer la carta de
nuevo yo sabía que tenía que hacer algo inmediatamente:
"Yo iría para hablar cara a cara con el homicida de mi
hijo."
El estado de Texas tiene un programa que
permite que las víctimas puedan encontrarse con el ofensor.
Yo hice la llamada difícil y recibí la confirmación de poder
participar del mismo. Mi enojo aumentaba un más, cuando me
di cuenta que sería mi responsabilidad pagar mis propios
viajes a Austin para participar del programa. Charles, al
contrario, simplemente tenía que descansar en la cárcel y
mis impuestos aun pagarían al mediador que le ayudaría a
prepararse para encontrarse conmigo.
La reunión fue agendada para el 9 de junio de
1998. Nuevamente tenía que pagar mi propio pasaje a Austin,
pero fui llevado en un vehículo público a la cárcel. Aunque
había estado en numerosas prisiones como oradora en el
programa sobre "Impacto en las víctimas", era diferente
entrar en esta cárcel. ¡ÉL ESTABA AQUÍ! Ésta era SU prisión.
Mi corazón golpeaba frenéticamente, y no sabía si podría
seguir adelante con la reunión.
En preparación para el tiempo que estaríamos
juntos yo había decidido meticulosamente lo que estaría
llevando conmigo. Estaba lista! Sinceramente esperaba
desintegrar todo resto de paz que el podría sentir. Después
de dejarlo, él sabría que había destruido mi mundo con una
sola bala.
Para decir que la reunión era diferente, es
poco. Todos en el cuarto, incluyendo las guardias, estaban
tan silenciosas como la muerte, y frecuentemente mi voz
suave era apenas audible. No había podido dormir durante la
noche anterior, recorriendo el cuarto del hotel, sola con
mis pensamientos y preguntas. Se me había dicho que
escribiera las preguntas que deseaba hacer al homicida de
Pablo y tenerlas en orden, para que la reunión podría
progresar en una manera organizada. De las 77 preguntas que
había apuntado, la primera que hice fue: ¡Por qué?
El hombre joven, quien no había cambiado
mucho desde la última vez que lo había visto hace trece
años, no tenía otra respuesta para mi que: "Fue un hecho
estúpido, estúpido, simplemente estúpido, estúpido...
No sentía ninguna compasión por él, sin
sentido había matado a mi hijo Pablo. Lágrimas fluían por
mis mejillas al hablar de mi hijo Pablo, y le dije: "Si tu
hubieras sabido cuanto lo amaba, seguramente no lo hubieras
matado." Él estaba sentado enfrente mío, al otro lado de una
mesa, y no mostraba nada de emociones.
Había hecho algunas fotos ampliadas de Pablo.
Quería que el llegara a conocer a Pablo como una personas
real, no solo como el muchacho, como se refería a Pablo en
sus escritos para el mediador,a quien había dicho que ni se
recordada de su aspecto físico, y yo quería gritar:
"¿Cómo no puedes recordarlo? ¡Lo mataste!"
Comencé a estar pensativa, y como si hablando
a mi misma, comencé a contar de Pablo, de cómo él me llamaba
para ver si el auto estaba bien. Cuando yo le decía que
tenía un sonido extraño, el volvía a casa por el fin de
semana para hacer los arreglos necesarios. Hablaba de cómo
Pablo se interesaba por nuestro patio, diciéndome que
volvería a casa, porque yo era demasiada menuda para cortar
el césped.
Algo tocó a Charles en cierto momento. No
podía creer las lágrimas que fluían por la cara del hombre
que estaba al otro de la mesa. ¿Qué estaba pasando? Charles
puso su cabeza sobre sus manos y sollozaba. Sin pensar,
saqué un pañuelo de la caja sobre la mesa, y se lo alcancé
diciendo: "Aquí". Aquellas lágrimas de vergüenza y
remordimiento me tocaron profundamente. El tono de la
reunión cambió. De repente la madre y el homicida comenzaron
a conectar. Atendí cuando el contaba como fue criado en
pobreza extrema, siendo uno de varias hijos. Viviendo
mayormente en la calle. Mi hijo Pablo en contraste, era hijo
único y solo recibió amor y toda la seguridad que le podía
proveer.
Por primera vez miré a los ojos del homicida
de mi hijo y me sorprendí que no sentía odio. Le animé a
dejar la violencia. Le pedí que atendiera clases para
estudiar una profesión. Me miró con incredulidad, porque se
daba cuenta que mi furia se había desvanecido. La reunión
terminó con él prometiendo atender a clases y de dejar la
violencia. Yo le agradecí por reunirse conmigo, junté mis
manos y cerré mis ojos. Sentía una gran necesidad de pasar
mis manos y tocar las manos de él, pero no me animé hacerlo,
Él había matado a mi hijo. Si lo haría, estaría tocando la
mano de aquel que sostuvo el revolver que mató a Pablo.
Nuevamente sentí la necesidad de extender mi mano y tocar
las manos del homicida al otro lado de la mesa. ¡No,
simplemente no lo podía hacer!
Pero, de repente, casi contra mi voluntad, mi
mano se extendió al otro lado de la mesa y tomó la mano del
homicida de mi hijo... Un fuerte grito de angustia salió de
la profundidad de mi alma, cuando sentí como también él tomó
mi mano. Él cubrió mi mano con sus dos manos y sus lagrimas
de remordimiento las lavaron. La misma mano que trece años
atrás habían sostenido el revolver y apretado el gatillo,
soltando el tiro que destruyó mi paz, ahora estaban
apretando mis manos como si yo fuera el canal por el cual le
llagaba la vida.
Aunque Charles nunca dijo: "Me arrepiento,
perdóname", y yo nunca dije las palabras "te perdono", allí
los dos llegamos a encontrar paz.
Nuestra comunicación continúa hasta el día de hoy.
Thomas Ann Hines
En este nuevo año Dios extiende su mano para tocar las
tuyas, para que puedas encontrar paz, ¿ya le permitiste
tocar las tuyas?
En este nuevo año habrá alguien que espera
que tu le extiendas las manos, ¿lo harás?
Si desea nuestra presencia o tiene alguna
pregunta o inquietud,
no dude en solicitarla al Tel: 487 23 19 Interno 172,
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