Estos tres términos han estado
ligados desde la antigüedad. Los primeros pasos en la
medicina han mezclado creencias religiosas (y prácticas
mágicas) con la búsqueda de la salud.
Por su parte, desde casi sus inicios, sea
en el Egipto antiguo, donde los médicos debían guardar ciertas
prácticas ceremoniales, o en las primeras investigaciones
médicas que podemos llamar “científicas” (Hipócrates, c. 400
a.C.) se impone una cierta ética médica representada, por
ejemplo en este último caso, por el juramento que lleva su
nombre.
En la tradición griega, el padre de la
medicina es el dios Esculapio, aunque también Eros es
considerado un dios que cura y restaura. Apolos es quien manda
(y eventualmente retira) las plagas. En sus santuarios se han
encontrado utensilios médicos, que demuestran que la tarea de
curar y la adoración al dios estaban unidas. Médicos y
adivinos compartían este espacio (Los adivinos tenían como
tarea principal interpretar los sueños de los enfermos, para
establecer la voluntad del dios, antecedente lejano de las
prácticas freudianas).
Por eso mismo, debían guardarse ciertas
conductas que evitaran ofender al dios, o ciertas prácticas
(ofrendas, sacrificios, oraciones) que lo hicieran propicio.
De allí que también hubiera una “ética de salud”. Esta ética
en algunos casos podía incluir recetas, dietas, la aplicación
de fármacos de origen animal o vegetal, etc.
No debe sorprendernos que el
judeo-cristianismo tuviera lazos similares. Salud y salvación
están asociadas no sólo en la Biblia sino en casi todas las
religiones que surgieron o llegaron a Occidente.
En el Antiguo Testamento las funciones de
los distintos dioses paganos son asumidas por el Dios uno, y
se lo puede ver enviando plagas o retirándolas, curando y
sanando, por sí o por medio de los sacerdotes y/o profetas.
Muchas veces la enfermedad es asociada con el pecado, y la
curación con la reparación o el perdón. La oración juega un
papel importante, aunque no exclusivo. También aparecen
cuestiones alimentarias o acciones propiciatorias.
Debe considerarse que, excepto las
heridas, que tenían una causa visible, el origen de las
enfermedades resultaba oscuro, y de allí que fueran asignados
a causas morales (el pecado) o a agentes maléficos (demonios).
Esto es especialmente cierto cuando Israel entra en contacto
con las culturas mesopotámicas (Babilonia) que resolvían sus
cuestiones religiosas o vitales en la comprensión de la pugna
entre las divinidades buenas y las malvadas. Posteriormente,
cuando entran en contacto con la cultura helénica, se agrega a
esto la práctica médica como oficio, generalmente ejercido por
esclavos.
En el Nuevo Testamento las curaciones
están asociadas a Jesús. Jesús es varias veces comparado con
los médicos, incluso en son de burla. Si bien generalmente la
cura es milagrosa, a veces aparecen acciones que remedan la
medicina antigua (barro en los ojos, o baños curativos). En un
caso Jesús realiza una curación que explícitamente se señala
que fue imposible para los médicos (Lc 8:43). También los
discípulos realizan curaciones milagrosas. Entre los ayudantes
de Pablo está Lucas, que es llamado médico (Col 4:14). De
hecho el evangelio de Lc es el escrito bíblico que más veces
registra el verbo “curar” y sus derivados.
La compasión por los enfermos y su
atención es indicada por Jesús a través de la parábola del
Buen Samaritano y la escena del juicio final. La oración por
los enfermos y el ungimiento es señalado en la epístola de
Santiago, por citar solo algunos casos.
Salud y salvación aparecen asociadas,
aunque no se incluyen mutuamente. Pablo reconoce su enfermedad
o debilidad en más de un caso, y dice que Dios se muestra a
través de ella. La enfermedad puede aparecer como hecho
fortuito, como castigo o incluso como oportunidad para el
testimonio (Gál 4:13).
Medicina y religión en Occidente.
Con el tiempo, la cultura occidental,
medicina y religión se han ido separando. Y se separaron,
con ello, las fuentes de la ética religiosa y de la ética
médica.
En el campo religioso predominó el
cristianismo, y su referencia ética fue la Biblia. Por el paso
del tiempo y los cambios culturales fueron necesarias la
traducción e interpretación del mensaje bíblico. A partir de
allí se derivaron una pluralidad de concepciones éticas, todas
nutridas en su raíz cristiana, pero que exponen opciones
interpretativas diferentes del mensaje bíblico. Algunos
círculos cristianos pretenden abrogarse un magisterio para ser
los únicos que poseen la interpretación correcta, y así
regular la totalidad de la ética, y otros pretenden seguir
aplicando las expresiones bíblicas sin reconocer esta
mediación interpretativa, aunque de hecho la hacen. Yo no me
ubico en ninguna de estas posturas, y volveré sobre el final
en lo que entiendo desde mi ángulo como un eje interpretativo
(entre otros) que puede ayudarnos en el dilema del mundo
moderno y sus avances científicos.
Por su lado, la medicina siguió el camino
trazado por sus iniciadores griegos y latinos, y avanzó por el
camino científico, alejándose cada vez más de la tutela
eclesial, hasta completar esta separación con el arribo de la
modernidad. También acá, sin embargo, hay una pluralidad de
escuelas médicas, que obran a partir de supuestos diferentes
en el campo de su comprensión del objeto de la medicina, de
sus métodos, de su concepción de la naturaleza y de su
comprensión antropológica (qué es el ser humano, qué la salud,
la valoración de las tradiciones culturales).
Así llega un momento en que las distintas
éticas cristianas –o seculares, aunque este no sea nuestro
caso– se encuentran con los desafíos surgidos de las distintas
prácticas médicas. Algunos campos entonces se prestan
especialmente para estos conflictos.
Uno de ellos, a simple modo de ejemplo,
es todo lo relativo a la sexualidad y la reproducción humana.
En un tiempo la regulación de las conductas sexuales era
presidida por el tribunal ético de la iglesia, que prescribía
y prohibía conductas, e incluso tenía el poder de policía para
hacerlo (lo sigue teniendo en varios países occidentales y
también en otras partes del mundo, con diferentes tradiciones
religiosas). Pero el control y orientación de la sexualidad se
“medicalizó” en la modernidad, a partir de un conocimiento más
acabado de la anatomía y fisiología de los órganos sexuales y
reproductivos. Se podría decir que en la postmodernidad esto
se está trasladando a la esfera del poder de los medios de
comunicación.
Otro ejemplo, para citar los dos más
publicitados hoy, tiene que ver con la muerte: la
determinación de la muerte, la muerte digna, la muerte
provocada, o el espacio donde ambas dimensiones –sexualidad y
muerte– se entrecruzan, como en el caso de las enfermedades de
transmisión sexual o el aborto terapéutico. Esto plantea
problemas que no se resuelven en el laboratorio, ni siquiera
en el consultorio, aunque se expresen allí. Porque siempre
vida y muerte son significados por las culturas, son más que
fenómenos físicos o químicos: son el espacio mismo de nuestra
existencia, de nuestras esperanzas y desvelos.
La ciencia médica debió enfrentar, así,
dilemas para los cuales no está diseñada. Y aparece la
disciplina de la bioética. Que exige un cruce de la medicina
en tanto investigación y aplicación de formas curativas –o no–
y las decisiones que afectan a la vida humana en su totalidad.
Como además esto no ocurre en un vacío social ni político,
donde implica estudiar otras leyes y modos de legislar que no
son las leyes físicas y químicas que maneja el médico, el
biólogo o el químico farmacéutico, intervienen también en el
debate, además de médicos y religiosos, las fuerzas políticas,
los científicos sociales, los antropólogos, etc.
Y, de una manera particularmente aguda en
el mundo de hoy, intereses económicos, que además generan su
propio ethos, su propia manera de entender la vida
humana a partir de las imposiciones del mercado.
Un eje para el debate: la vida en
tanto realmente vivida.
Frente a esta complejidad, creo que
cualquier ética “dura” que quiera imponerse como la única
posible, y por lo tanto necesariamente simplificadora, cae
en el peligro de causar más daño que bien, más descontento
que salud. Creo que deben plantearse, y lo digo desde mi
particular lectura de la Biblia y mi fe cristiana, una
serie, no de valores o leyes, sino de actitudes
frente a los problemas que se derivan de la práctica
médica y del medio sociocultural en el que se ejerce.
En mi lectura de las Escrituras surge
como un elemento decisivo el juego entre libertad y amor.
Desde el Génesis hasta el Apocalipsis veo a Dios como quien
obra desde el amor creador y la libertad amorosa. No son
valores absolutos al modo de la filosofía axiológica, de la
ética principista o de valores. Es un Dios que actúa, y en esa
actividad desarrolla su actitud hacia el ser humano. Y a veces
la expresión de su amor será incluso la ira, cuando ve al ser
humano destruyendo al otro, el poderoso al débil, el abuso de
la misma creación que Dios nos ha invitado a vivir y
desarrollar.
Pero al mismo tiempo es un Dios que para
poder amar, necesita un ser humano libre, en condiciones de
responder (o eventualmente negar) ese amor (Éxodo). Un Dios
que escucha el clamor del oprimido y actúa para liberarlo,
pero luego ve que ese mismo pueblo liberado se torna ambiguo,
a veces ejemplo de entrega y valentía, y otras infiel e
injusto. La justicia, entonces, no es la virtud al modo
aristotélico, sino ese delicado equilibrio entre la actitud
amorosa y el respeto de la libertad del otro, del prójimo.
En Jesús esa actitud se muestra total en
la condición humana. Jesús es a la vez un hombre libre y un
ser lleno de amor, aunque esa libertad y ese amor, confrontado
con un mundo opresivo y lleno de enemistad lo llevan a la
cruz. En la teología bíblica, especialmente en el Evangelio de
Juan, la cruz es el punto máximo de encuentro entre el amor de
Dios (no hay mayor amor que dar la vida) y la suprema
libertad, ya que Dios por un lado asume la humana debilidad, y
a la vez le da al hombre total libertad, incluso, para matar
al inocente. El uso y respuesta que los seres humanos hacemos
de ese amor y de esa libertad es aquella orientación para
nuestra vida que llamamos fe, y que se muestra en nuestras
actitudes y conducta.
Creo que la bioética, entonces, no puede
ser una ciencia “normativa”, aunque no podemos vivir en una
sociedad sin leyes. Pero esas leyes deben poder ser expresión
de la gracia de Dios, de ese permiso que Dios nos da para ser
quienes deciden el sentido de nuestros propios actos, y a la
vez responsables en amor ante nuestro prójimo y la totalidad
del mundo creado en el que vivimos.
El más débil, el más pobre, el menos
protegido, son aquellos en quienes se muestra la sensibilidad
de una sociedad hacia la condición humana, y por lo tanto,
será en sus oportunidades de vida que se verá la eticidad de
una sociedad. La libertad de una decisión no es la que hago
libre de condicionamientos –tal cosa no existe– sino
resolviendo en medio de esos condicionamientos lo que mejor
asegure una vida digna en la comprensión del propio sujeto
afectado. (Jesús y el ciego: qué quieres que haga por ti).
Así las decisiones pasan, a mi entender,
por la consideración de las vidas en tanto realmente vividas.
Con esto quiero decir, no un concepto abstracto de vida (el
hebreo antiguo no conoce una idea abstracta de vida, sino
cosas “vivientes”, en el N.T. la influencia griega trajo el
concepto, pero aparece como fuerza vital, como sustento y
poder que viene de Dios, que se expresa en el ser humano, por
excelencia, y en el resto de lo creado (prólogo joanino).
Pero porque esa vida se expresa en seres
concretos, es donde se encuentra más amenazada, en el débil,
el pobre, el perseguido o el enfermo, donde más hay que
cuidarla (enfermo me visitasteis). No es en la protección de
un concepto abstracto de vida, sino en las vidas concretas de
las personas concretas, de los pueblos y sus entornos vitales.
Como decía un médico amigo: no hay enfermedades: hay enfermos.
Y si bien podemos caracterizar elementos comunes en ciertos
síntomas y diagnósticos, la forma en que cada enfermo, cada
familia, o cultura concibe y vive esa situación es distinta.
“Me hizo una crisis asmática”, le dijo a mi hijo el médico que
atendió a mi nieta. Y es cierto, cada uno hace su enfermedad
como puede. Y es bueno que el médico lo tome como algo
personal, como algo que tiene que resolver considerando la
persona que “hizo” la enfermedad, y no la enfermedad
abstracta, fuera de la relación que entabla con su paciente,
con su personalidad como médico y con la personalidad del
paciente y su ámbito familiar. No es lo mismo una crisis
asmática en Carrasco que en el Cerro.
En nuestros relatos bíblicos, Jesús no
destruye la enfermedad: cura a personas enfermas. Nunca
expulsa demonios de lugares o exorciza cosas: siempre libera a
personas. La vida que se defiende es la vida real vivida, de
personas responsables en entornos vitales complejos. Es la
vida en tanto vivida realmente, en tanto conjunto de
respuestas a situaciones que nos ponen en dolor o riesgo.
Para no ser abstracto: la validez de una
investigación, por ejemplo, no puede definirse a priori por su
viabilidad científica, sino por las actitudes que involucra en
el ejercicio de la libertad responsable. La clonación celular,
por ejemplo, o la generación de productos transgénicos, no
puede decidirse porque “viola las leyes de la naturaleza” (la
evolución natural genera mutantes, reproducción asexuada,
híbridos, etc), sino en la medida en que ofrece alternativas
vitales a problemas humanos graves.
Pero ello implica otras decisiones: por
ejemplo, ¿qué investigación es necesaria o más urgente en las
actuales condiciones? Si los millones de dólares que se
vuelcan en el perfeccionamiento de ciertas cirugías que solo
tienen sentido para conformar el ideal estético impuesto por
los medios de comunicación, se volcara a la investigación
sobre males como el Dengue, el mal de los Rastrojos o el
Chagas, que afecta mayormente a poblaciones pobres de países
pobres, es probable que hoy tuviéramos mejores respuestas a
estas problemáticas. Los presupuestos también son hoy
problemas bioéticos.
En el campo de lo cotidiano, también la
medicina se encuentra, como muchos otros campos del saber
humano que afectan nuestra vida y convivencia, con
resoluciones que no pueden resolverse por una simple cuestión
legislativa. Ninguna ley que permita o prohiba la eutanasia
nos dice cuál es el momento en que es aplicable o no. Porque
en realidad, ya hay una historia de vida anterior que va a
pesar mucho en cada decisión. Los pasos que preservan o
dificultan una vida de calidad no son solamente los últimos
que se toman, sino los que se van tomando a lo largo de toda
nuestra historia, las actitudes con las que cuidamos o
descuidamos nuestros cuerpos y los de quienes nos rodean, de
cómo valoramos los esfuerzos y penurias, del sentido que le
damos a la enfermedad y al sufrimiento, que no son
necesariamente los mismos en todos los seres humanos.
Para ir concluyendo.
Las decisiones éticas que hoy debemos
tomar en el campo de la salud requieren un concepto amplio
de salud, que no puede limitarse a la esfera médica, sino
que implican una salud social, ambiental, una forma de
encarar la economía y el modo de gestión cultural.
Salud es, desde este punto de vista, la
posibilidad de ejercer en la mayor plenitud posible, el amor y
la libertad. En las condiciones reales en que vivimos nuestras
vidas, donde pesa lo cotidiano, es la posibilidad de construir
junto con los otros. Los cuerpos, las mentes, las expresiones
de lo que somos y esperamos mostrarán la salud. Pero si aún
encontramos limitaciones, propias de nuestra condición humana
y material, de incluso de nuestra ambigüedad espiritual o
limitados conocimientos, ello no quita la posibilidad de
procurar, en esas condiciones, ser libre y dispuesto en amor.
Las decisiones éticas, sean desde el
aborto hasta la eutanasia, la disposición de embriones o el
cuidado del ambiente y la disposición de los residuos, pueden
resolverse en esa referencia el necesario marco legal para
estas cosas y la práctica de la medicina debe posibilitar un
encuadre que no limite la responsabilidad de todos los
participantes en las decisiones, que no las imponga desde
abstracciones o ejercicios autoritarios, desde éticas densas
que no pueden ser acordadas entre las distintas corrientes de
pensamiento o las distintas aproximaciones a la ciencia
médica.
La salud, es un concepto relacional, que
no existe en nadie solo si no se hace espacio compartido. Ello
implica un ejercicio de la libertad que no es la libertad
liberal, sino la libertad regida por el amor al prójimo, ya
que no hay salud sin sociedad. El prójimo (su vida, su cuerpo,
su salud) no son el límite de mi libertad, sino la ocasión de
ejercer la plena libertad que solo el amor hace posible.
Néstor Míguez
Mayo de 2006
Mutualista Hospital Evangélico.
HISTORIA DE LA INSTITUCIÓN
Junio de 1929
jóvenes cristianos alentados por la vocación y por la pasión
por el prójimo fundan la Mutualista Hospital Evangélico.
También comienzan a
soñar con poder concretar un día un hospital. Con gran
esfuerzo estos jóvenes entusiastas nucleados por el Dr. Rafael
Hill Barnes comienzan a concretar sus sueños y procuran fondos
primero para el terreno, luego para las obras del hospital.
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